Uno de los riesgos, quizás el más importante, que enfrenta el arte que intenta reflejar los dramas sociales (el paro, la guerra,…) es el de no usurpar la voz de quienes sufren para construir una obra “de arte”; es decir, un artefacto retórico, donde la belleza del estilo acabe ocultando el hecho que se pretende denunciar. O alejándolo. No ocurre esto con “Zenobia” de Dürr Horneman, que acaba de editar —tan bien como acostumbra— la editorial Bárbara Fiore. Una novela gráfica que relata, con una economía expresiva que es uno de sus grandes logros, una de las muchas historias que guarda el Mediterráneo. La de una chica, Amina, que huye de la guerra en Siria para terminar en una patera …

Tomo prestado el título del artículo de un fabuloso y recomendable ensayo de Maurizio Ferraris (Herder, 2017). Un libro en el que el filósofo italiano investiga por qué el trabajador moderno responde a la “llamada” (en este caso, literal y metafórica) de su patrón sin oponer resistencia, sea la hora que sea y ocurra lo que ocurra a su alrededor. Y quien dice llamada dice mensaje o dice email. Hace unos años, pero casi en otra vida, yo tuve una revelación de mi propia alienación al verme paseando por la playa mientras atendía a mi jefa al teléfono y le explicaba cómo hacer parte de mi trabajo, que era también el suyo. Había empezado ya la crisis y las empresas …

Vale, a Javier Marías no le gusta Gloria Fuertes. Tampoco es para tanto y no debería ser noticia. La noticia, a estas alturas, sería encontrar algo que a Marías le gustara. Y a ser posible dentro de Madrid. Ciudad que, si uno lee sus columnas, más que una urbe europea parece la selva vietnamita en la época de Rambo. A Fuertes, además, la deja para el final. Como ejemplo de la tesis del artículo. A saber: que las feministas están empeñadas en redescubrir mujeres artistas que no fueron obviadas por el hecho de ser mujeres, sino simple y llanamente porque eran malas. Como el cine español, dicho sea de paso.

Lo primero que llama la atención de “Vidas perfectas” (Literatura Random House, 2017) es que la voz elegida para narrar esta historia, la de Xavier, es, desde el inicio, demasiado plana. Tal vez por no querer cargar las tintas con un narrador excesivamente sofisticado o intelectual, el autor se ha quedado en muchas ocasiones en el otro extremo: el del comentario superficial, y la queja fácil (barnizada de cinismo).

Que duda cabe que hay personajes a los que una novela se les queda pequeña, o que requieren de su propio relato para así acabar de perfilarse -y permitir descansar a su creador-. Tal parece ser el caso de Odo, ideóloga de la sociedad anarquista que se convierte en protagonista en “Los desposeidos”, quizás la obra más famosa y celebrada de Ursula K. Le Guin. Si en “Los desposéidos” el odonismo se había establecido ya por completo, aquí asistimos a su último día como oposición, al día antes de que la revolución estalle y se produzca el triunfo del odonismo.

Decía Córtazar en el curso de literatura en Berkeley que el peligro de toda novela comprometida o política (pero vale igual para la novela histórica) es acabar contando algo que podría contarse mejor en un ensayo o en una crónica periodística. En cierto modo, Cortázar hacía suyas las tesis clásicas contra la novela histórica de Manzoni, para quien este tipo de novela estaba destinado a fracasar porque se movía entre dos imposibilidades: ni podía ser puramente ficción, por manejar hechos que ocurrieron en la realidad, ni podía ser complemente Historia, porque entonces no sería narrativa de ficción.

La historia de un mapa que, en teoría, conduce a un importante tesoro y que es entregado por un británico moribundo a Fulgencio Arienim en Salvador de Bahía en el siglo XVI es el hilo conductor de esta historia (“El oro perdido de los Arienim”, Hoja de Lata, 2016) que, empleando como herramienta la narración de la saga de los Arienim, cuenta mucho más que las peripecias de una familia por hacerse con el tesoro a lo largo de varias generaciones: cuenta, sobre todo, la Historia de la región minera brasileña de Minas Gerais.