Ayer, a Su Majestad Felipe VI se le puso cara de Alfonso XIII. Lo que implica, si lo libros de historia no mienten, que Rajoy es Berenguer. Y esto cada vez más una dictablanda. O una democracia que se está poniendo cada vez más dura. Tanto, aproximadamente, como la porra de un policía. Ni una sola vez pronunció el Borbón la palabra diálogo. Ni una sola vez se acordó de los heridos en Barcelona o de los Guardias Civiles o Policías obligados a desplazarse allí para ser acosados en los hoteles de turistas. Ni siquiera tuvo el guiño de hablar un segundo en catalán, él que sabe. Aunque fuera para despedirse. Se limitó a tomar apuntes de los discursos de …

Supongo que a estas alturas muchos en las CUP estarán pasando ya la gorra para hacerle a Rajoy un monumento en la Diagonal en cuanto Cataluña sea un país independiente. Ni en sus mejores previsiones podría haber planeado el ala más radical del independentismo catalán un escenario como éste, tan abonado para el mambo que persigue. Pero lo cierto es que más allá de esa favorable voluntad incendiaria de Rajoy —y del mutismo calculado de Sánchez—, los nacionalistas catalanes tienen razones para el optimismo. El problema se ha enquistado tanto que ya casi cualquier resultado les convierte en ganadores. Sea porque el Gobierno cede y les deja votar, sea porque pueden vender al mundo la foto de un Guardia Civil …

Decía Joseph Brodsky que el poder suele hacer muy poco caso de la literatura, porque allí donde se ha leído un poema, los poderosos encuentran, “en vez de la aceptación y la unanimidad que presuponían, indiferencia y polifonía; en vez de determinación para actuar, irresolución y exigencia”. Tal vez porque pertenezco a esa especie en extinción que conformamos quienes hemos crecido con un libro en las manos, afinando el oído para detectar a la primera la verborrea o el eslogan fácil, y separarlo de la palabra auténticamente valiosa, todas estas llamadas a la movilización en defensa de la patria por un bando y otro en el conflicto de Cataluña me dejan bastante frío.

El día tres de agosto, los dos portales de los periódicos más importantes del país -El Mundo y El País- estaban encabezados por la noticia de que la izquierda abertzale se unía al boicot al turismo que ya estaban desarrollando en Cataluña grupos que ambos medios coincidían también en tachar de radicales. Supongo que era demasiado tentador: nacionalismo catalán, nacionalismo vasco y un sector estratégico como el turismo unidos en una sola noticia. Faltaba poder mencionar a Venezuela para cantar pleno.

Tomo prestado el título del artículo de un fabuloso y recomendable ensayo de Maurizio Ferraris (Herder, 2017). Un libro en el que el filósofo italiano investiga por qué el trabajador moderno responde a la “llamada” (en este caso, literal y metafórica) de su patrón sin oponer resistencia, sea la hora que sea y ocurra lo que ocurra a su alrededor. Y quien dice llamada dice mensaje o dice email. Hace unos años, pero casi en otra vida, yo tuve una revelación de mi propia alienación al verme paseando por la playa mientras atendía a mi jefa al teléfono y le explicaba cómo hacer parte de mi trabajo, que era también el suyo. Había empezado ya la crisis y las empresas …

Uno no sabe si el periodismo fue alguna vez un oficio noble. Pero desde hace unos años, y en España, se ha vuelto difícil sentir respeto por una profesión en la cual, muchos de sus principales protagonistas, no hacen otra cosa que manipular y mentir a favor de su amo. El razonamiento y el análisis han devenido en eslogan. La opinión en tertulianismo, entendiendo por tertuliano a una persona que acude a los platós a demostrar que es capaz de gritar más alto que el contrario. Y teniendo muy claro ya antes de entrar quién es el contrario y por dónde ha de atacarlo.

Un golpe duele igual en Euskadi que en Madrid. Pero en Euskadi sale más caro. Sobre todo, si lo recibe un guardia civil, aunque vaya de paisano. Como aquellos japoneses que durante décadas permanecieron emboscados en oscuras selvas peleando contra enemigos invisibles, algunos en la Audiencia Nacional y en el Parlamento no se han enterado de que la guerra se ha terminado y ya pueden regresar a casa. A licenciarse con honores.

Vale, a Javier Marías no le gusta Gloria Fuertes. Tampoco es para tanto y no debería ser noticia. La noticia, a estas alturas, sería encontrar algo que a Marías le gustara. Y a ser posible dentro de Madrid. Ciudad que, si uno lee sus columnas, más que una urbe europea parece la selva vietnamita en la época de Rambo. A Fuertes, además, la deja para el final. Como ejemplo de la tesis del artículo. A saber: que las feministas están empeñadas en redescubrir mujeres artistas que no fueron obviadas por el hecho de ser mujeres, sino simple y llanamente porque eran malas. Como el cine español, dicho sea de paso.