Una dictadura a la romana para Cataluña

Una dictadura a la romana para Cataluña

La figura de la dictadura estaba en Roma vinculada a la estabilidad. En tiempos de crisis, revueltas y conflictos —sociales, pero en ocasiones también regionales— el Senado entregaba todos los poderes de la República a un solo hombre, durante un tiempo limitado y con un mandato claro y específico: fuera el de vencer en una guerra, o fuera el de sofocar una rebelión de esclavos o de pobres. Era una dictadura emanada de la legalidad y que buscaba, acallando los debates y las disputas senatoriales, facilitar la gobernabilidad.

Es más o menos lo que Rajoy espera que el Senado haga con él: investirle dictador en tiempos de crisis. De esta manera, podrá entrar triunfante en Cataluña y tomar los mandos de la región hasta que la crisis soberanista haya sido sofocada. Vía 155, el Parlamento catalán, elegido por los ciudadanos, quedará vaciado de sus funciones fundamentales —pues el Gobierno podrá vetar aquellas propuestas legislativas que considere perjudiciales para sus objetivos—; el Gobierno central tomará el poder en las consejerías y recaudara los impuestos; y hasta TV3 pasará a manos de alguien designado por Rajoy.

Como en el caso romano, se trata de unos poderes excepcionales y absolutos para un periodo de crisis. Unos poderes que, no nos engañemos, dan al traste con la democracia en Cataluña. Aunque hayan emanado de una legalidad democrática y aunque sean, que lo son, legales.

Soy consciente, claro, de que hay que medir las palabras. Pesarlas antes de escribirlas. Y que igual que cuando uno habla de presos políticos, siempre sale un preso político del franquismo a recordar lo terrible que eran las mazmorras del Caudillo —que lo eran— y lo democráticas que son las de ahora, si ahora hablamos de dictadura, no faltará quien nos diga que con Franco sí que había dictadura y que lo de ahora, mejor o peor, es una democracia. Una regla de tres que, de hacerse extensible, haría que no fuera posible hablar de ningún mal, porque siempre habrá otro que esté o haya estado peor. Por ejemplo, el hambre de los niños en España no es nada comparado con el de sus semejantes en África. Pero, ¿a que eso no debería impedirnos hablar de él y denunciarlo? Ni siquiera debería impedirnos llamarlo por su nombre: hambre.

Lo que propone el Gobierno es, pues, una dictadura, aunque sea a la romana. Y como tal hay que llamarla. Un poder absoluto concentrado en un solo hombre para reconducir la subversión hacia la normalidad —hacia el Statu Quo—, con unos objetivos claros y para un tiempo limitado. La legalidad habitual queda, entonces, suspendida hasta que todo sea del agrado del nuevo mandatario.

Ahora bien, hay una diferencia fundamental con épocas pasadas, y es que entonces las revueltas se aplastaban por la vía de las armas. Aplicando una política de «muerto el perro, se acabó la rabia». Pero, ¿cómo pretende recuperar la normalidad Rajoy en seis meses, que es el plazo que se ha dado? ¿En serio cree que en medio año va a poder convencer a casi la mitad de la población catalana de que lo sensato es permanecer en España? ¿Cree, de verdad, que en ese tiempo va a poder cerrar las enormes heridas abiertas en la convivencia entre catalanes y entre esta región y el resto de España?  ¿Cree sinceramente que con controlar el presupuesto y TV3 lo tiene todo hecho?

El final de ese mandato dictatorial ha de ser, nos dicen, unas elecciones. Pero, ¿qué ocurrirá si en ellas aumenta el número de votos del independentismo? ¿Mantendremos suspendida la democracia en Cataluña hasta que los resultados de unas elecciones sean los que desean el señor Rajoy y la mayoría de españoles? Son preguntas para las que hoy no hay respuesta. Y lo peor es que el Presidente quizás ni se las haya planteado.

Más que nada, porque tiene uno la sensación de que mientras sigamos instalados en el limbo de la disputa territorial y el 155, el auténtico ganador es Mariano Rajoy. El PP. Y eso sí que lo tiene claro el Presidente.

Solo hace unos días, como quien dice, Pedro Sánchez ganaba las primarias del  PSOE con la promesa de conformar una alternativa al Gobierno conservador. Hoy, apenas cinco meses después, Sánchez parece el Vicepresidente del Gobierno y Rajoy, que tenía muy difícil gobernar España e incluso aprobar los presupuestos, sigue instalado en la Moncloa. Y dada su capacidad de aguante, es capaz de estar allí hasta el 2020.

Las grandes crisis no sólo favorecen que la República deje el poder en manos de un dictador. También que éste, so pretexto de mantener una estabilidad siempre convenientemente precaria, se perpetúe en el poder.

Texto publicado originalmente en Nueva Tribuna.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *