Damos vergüenza

A la Vicepresidenta a la que no le da vergüenza todo lo que ha saqueado su partido, le produce una vergüenza enormísima el cóctel de vodevil y esperpento que a cuenta del referéndum se ha vivido estos días en el parlamento catalán.

A la internauta anónima a la que no le da vergüenza desear a otra mujer que sea violada por un grupo de hombres le avergüenza que existan personas —políticos como Inés Arrimadas, pero también ciudadanos igualmente anónimos— que no piensen como ella y hasta se atrevan a manifestarlo.

A la política catalana, señora Forcadell, a la que avergüenza que la cúpula del Estado se comporte como un matón de patio que no es capaz de razonar si no es a golpes, no le avergüenza comportarse a su vez como un cacique con cortijo cuando ejerce la representación de todos los catalanes desde la presidencia de su parlamento.

Al diputado catalán, señor García Albiol, al que avergüenza que la Generalitat haya creado un clima de “unos” contra “otros” a cuenta de la españolidad o no de Cataluña, no le avergüenza sin embargo contribuir a crear un clima de “unos” y otros” cuando el otro no es él sino un inmigrante huido de la última guerra o hambruna creada por el capitalismo salvaje.

A Pedro Sánchez, al que da vergüenza que el Gobierno no se siente a negociar con la Generalitat, no le da vergüenza dar una respuesta de parvulario al debate sobre el Estado y la Nación asegurando que, como el Dios cristiano, esta Hispania nuestra está formada por al menos tres naciones y un solo Estado verdadero.

Y a mí —que no soy nadie, pero a veces pienso— empieza a darme vergüenza todo el tiempo que perdemos discutiendo sobre qué es una nación —¿Y tú me lo preguntas? Una nación es una nación es una nación—; sobre en qué consiste la democracia; sobre si mandar o no los tanques contra Mas y contra Oriol Junqueras o sobre si el Barça jugará el año que viene la Liga española o sólo la catalana. Como si ahí afuera, en la calle, no pasara nada más importante o como si no hubiera gente muriéndose a diario en el Mediterráneo. Como, si en fin, la realidad fuera lo que sale en los periódicos o lo que se discute a voz en grito en cualquier Parlamento de esta nación o de la otra.

Supongo que a estas alturas es casi en lo único en lo que todos estaríamos de acuerdo: en que damos bastante vergüenza.

Publicado previamente en Nueva Tribuna.

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