Contra todos los dioses

El problema de la poesía -me dijo un amigo escritor hace tiempo- es que todos los poetas creen en ella, pero cada cual a su modo. Así que cogen su idea de lo que debe ser la poesía, la divinizan y cualquier poema que no se acerque a ese ideal lo excomulgan, por malo.

Es el problema, entiendo yo, que ocurre siempre con las religiones, y también con los idealistas: que no toleran el error. Da igual que su dios se llame Alá, Cristo, Patria o dictadura del proletariado. Al que se aleja de la causa se lo aparta, se lo excomulga o se lo mata, depende la fuerza y el interés que se tenga en cada momento.

Con todo, como uno solo sabe ser demócrata de una manera -radicalmente- está dispuesto a defender eso que hemos dado en llamar libertad religiosa, es decir, el derecho que tiene cada cual a crear un dios, elevarlo sobre sí y someterse a él: como un esclavo que eligiera, más o menos conscientemente, el dueño que habrá de fustigarlo.

Uno, incluso, es tan radical en su voluntad de demócrata que llega a admitir que algunos de los seres más piadosamente singulares y sabios que han pisado la tierra -Cristo, Buda, Sócrates- estaban inspirados por motivos religiosos.

Pero desde una óptica social e histórica parece difícil no admitir que cada dios que hemos edificado -abstracciones normativas las llamada Federico Montagna en su alegremente ateo La última noche; ficciones sociales las llamaba el banquero anarquista de Pessoa- se ha acabado convirtiendo en un tótem ambicioso y devorador que exige que todo sea sometido a él: así el progreso positivista, el libre mercado o las religiones monoteístas del medievo de ayer y del medievo de ahora. Incluso los bienintencionados derechos humanos han tenido que ver cómo miles de vidas eran segadas en su santo nombre.

Desde esa misma óptica, resulta igualmente difícil no apostar por una sociedad que privilegie, financie y encumbre, en defensa propia, toda forma de pensamiento crítico -débil y relativo casi siempre, sí, pero no criminal- que ayude al individuo y a las comunidades a ablandar las rígidas corazas de las religiones, de las grandes ideologías y de cualquier otro tipo de pensamiento fuerte dispuesto a poner el fin por encima de los medios, la causa por encima de las personas, el ideal puro y absoluto por encima de las vidas imperfectas y concretas.

Una forma de pensamiento que nos ayude a comprender que, como dijo Héctor Rojas Herazo -un escritor genial y un hombre piadoso- no hay ninguna idea que valga más, ni siquiera lo mismo, que una vida humana.

Publicado previamente en Nueva Tribuna.

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