Movilización total

Tomo prestado el título del artículo de un fabuloso y recomendable ensayo de Maurizio Ferraris (Herder, 2017). Un libro en el que el filósofo italiano investiga por qué el trabajador moderno responde a la “llamada” (en este caso, literal y metafórica) de su patrón sin oponer resistencia, sea la hora que sea y ocurra lo que ocurra a su alrededor. Y quien dice llamada dice mensaje o dice email.

Hace unos años, pero casi en otra vida, yo tuve una revelación de mi propia alienación al verme paseando por la playa mientras atendía a mi jefa al teléfono y le explicaba cómo hacer parte de mi trabajo, que era también el suyo. Había empezado ya la crisis y las empresas no contrataban a nadie, de manera que los que quedábamos en nómina teníamos que dar gracias y estar disponibles hasta en vacaciones. Porque, por supuesto, no iban a contratar a nadie para cubrir nuestro puesto mientras nosotros descansábamos. O lo intentábamos.

Eso era antes del whatsapp. También antes de que nos colaran la idea de las “trabacaciones”, o de que Cristina Cifuentes presumiera, en un gesto populista más de los muchos que la adornan, de que ella no descansa. De que, como el glorioso caudillo, mientras todos en España duermen, la luz de su despacho siempre está dada, velando por el bien de los madrileños. Y españoles todos.

Desde entonces, el querer descansar y olvidarse de todo y de todos se penaliza mucho más. No sólo es que la tecnología lo haya puesto más difícil, que también. Es, sobre todo, que ha habido una ofensiva por convencernos de que estar quince o veinte días sin hacer otra cosa que descansar, disfrutar de la presencia y conversación de nuestros seres queridos y bañarnos en la playa es una pérdida de tiempo. Porque podríamos estar haciendo un curso y formarnos más. O aprendiendo idiomas. O sacándonos un sobresueldo trabajando como camareros en Ibiza (y con derecho a cama). Cualquier cosa productiva, cualquier cosa que exprima nuestro tiempo al máximo y produzca beneficios. Pero no parar, que eso es pecado.

Una mezcla de neurosis poscapitalista y moral protestante que hace que las playas y las terrazas se atiborren de trabajadores mirando el email, conversando con sus jefes por whatsapp o escribiendo informes de última hora para maximizar los beneficios de su empresa. Eso sí, en bañador y mientras se toman un tinto de verano.

Supongo que, en realidad, lo que temen quienes mandan es que nos guste. Que nos demos cuenta de que somos esclavos a los que sus amos han enamorado. Que descubramos que para ser felices basta con la playa, la familia, los amigos y unas pocas cervezas. Cosas que cuestan muy poco y que no nos obligan ni al sueldo millonario ni al consumismo hiperactivo. Y que rompamos, aunque sea un poco, las cadenas que nos atan.

Aquel año yo no tire el móvil al mar, aunque me quedé con ganas. Pero desde entonces, procuro veranear en esos escasos lugares del país o de Europa donde todavía no hay cobertura. Y por si acaso, además, apago el móvil.

Publicado previamente en Nueva Tribuna.

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