Marías, Gloria Fuertes y el canon

Vale, a Javier Marías no le gusta Gloria Fuertes. Tampoco es para tanto y no debería ser noticia. La noticia, a estas alturas, sería encontrar algo que a Marías le gustara. Y a ser posible dentro de Madrid. Ciudad que, si uno lee sus columnas, más que una urbe europea parece la selva vietnamita en la época de Rambo.

A Fuertes, además, la deja para el final. Como ejemplo de la tesis del artículo. A saber: que las feministas están empeñadas en redescubrir mujeres artistas que no fueron obviadas por el hecho de ser mujeres, sino simple y llanamente porque eran malas. Como el cine español, dicho sea de paso.

Es decir, que aunque admite que tiene mérito haber sido mujer y haber escrito, pintado o hecho cine, a Marías no le cabe duda de que al final, el tiempo o la Historia -que tanto monta, monta tanto- pone a cada uno a su lugar: y ni un solo gran artista de verdad queda hoy por descubrir. Lo que supone otorgar a la Historia un papel casi divino, providencial. Pues se convierte en la encargada -abstracta e intangible- de fabricar el canon. La lista de autores y clásicos que nos aprendemos desde niños en las clases de literatura.

Sin embargo, como uno es mal pensado y no cree en ninguna clase de Dios ni de abstracción con carné para ordenar el mundo, se pregunta quién es, en realidad, la Historia, y dónde trabaja. Porque a lo mejor resulta que la Historia es un pequeño grupo de académicos -mayoritariamente, hombres- reunido en universidades dirigidas, casi siempre, por hombres, seleccionando qué mujeres hay que leer y cuáles no de acuerdo con sus criterios firmemente masculinos.

De ahí la importancia del revisionismo feminista. Que se puede equivocar, claro. Y que sin duda tendrá gustos que no satisfagan al señor Marías. Y a mí. Y puede que a muchas mujeres. Pero que sirve para barajar las cartas de nuevo y proponer nombres a incluir en un canon demasiado masculinizado tanto en el contenido, como en sus «hacedores».

Por ejemplo, y hablando de poetas. El año pasado, una gruesa antología hecha por un hombre -´y de cuyo nombre y casa editorial no quiero acordarme- reunía a lo que consideraba la flor y nata de la poesía patria del siglo XX. Entre decenas de nombres, puede que más de un centenar, el número de mujeres se contaba con una mano. Por suerte, y al mismo tiempo, tres o cuatro antologías hechas por mujeres y sobre mujeres reivindicaban a muchas poetas apartadas del canon durante años. Puede que por su mala calidad. Pero también puede que, en algunos casos, por el simple hecho de ser mujeres.

Hablo, entre otras, de (tras)lúcidas, antología realizada por Marta López Vilar para Bartleby y de Poesía soy yo de Ana Merino y Raquel Lanseros para Visor. En este último caso, quizás como penitencia autoimpuesta del editor -Chus Visor-, quien un día se puso hablar de la calidad de las poetas españolas y la lió todavía más parda que Marías.

Lo más divertido de esto, con todo. Es que desde que Marías publicó su columna, seguro que ha habido cientos de personas que se han metido en Internet para leer a Gloria Fuertes. Y muchos, hoy, bajarán a la librería y comprarán sus libros. Es lo que tiene Marías: le gusta recomendar literatura de calidad. Y nunca falla.

Publicado previamente en Nueva Tribuna.

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