Democracia empresarial: el poder para el que pueda pagárselo

Democracia empresarial: el poder para el que pueda pagárselo

Allá por el siglo XVIII, cuando la democracia moderna era más joven y escondía menos sus defectos, el sufragio censitario se convirtió en la norma para seleccionar no sólo quién podía ser elegido como representante público, sino también quién podía votar. Básicamente, te miraban la cartera y si tenías pasta, podías votar u optar a ser alcalde, diputado o presidente. Si no, significaba que eras un fracasado y que tu opinión no le importaba a nadie. Y el día de las elecciones te quedabas en casa lamentándote por ser pobre, o viendo el fútbol.

Ahora, más vieja y coqueta, a la democracia le gusta hacernos creer que tales defectillos han sido superados. Que todos votamos y todos decidimos. Que en rigor todas las opiniones cuentan lo mismo. Y sin embargo, ah, sin embargo. Si usted no tiene unos cuántos miles de euros que donar a un partido político o un medio de comunicación con el que extorsionarlo a lo mejor su opinión vale menos. O no vale nada. Pero encima le toca darse el paseo para quedar bien con su conciencia dejando el voto en la urna. La fiesta de la democracia. La que pagamos todos.

Uno no sabe si los lobbys en España son más pequeños o no los vemos porque estamoss más ciegos que los ciudadanos de Inglaterra o de los Estados Unidos. En un libro ya mítico, Noemi Klein contaba cómo durante décadas cualquier desastre en norteamérica fue aprovechado por las grandes empresas para hacer negocios. Tras el Katrina (2005) se privatizaron viviendas sociales y escuelas. Tras el 11S se privatizó la seguridad ciudadana. La guerra de Irak supuso el auge de grandes empresas de mercenarios. Y sumen y sigan.

Todos los beneficiarios de esos negocios tenían algo en común: eran grandes donantes de los dos partidos estadounidenses mayoritarios. Es como jugar al rojo y al negro. Salga uno o salga otro, ellos —como la banca— siempre ganan.

Cuando uno ve lo que ha ocurrido en este país con OHL, ACS, los holdings de la salud y un largo etcétera de donantes del Partido Popular, se pregunta si estas empresas no habrán estado también jugando al rojo y al negro. O sea, si el PSOE no habrá recibido también grandes cantidades de dinero para sus campañas a cambio de la concesión de obras, la privatización de servicios y el etcétera de chanchullos y mamandurrias que, a base de titular, ya nos sabemos todos de memoria.

Lo hemos visto hace poco con la información publicada por eldiario.es acerca del reparto de la publicidad institucional. Varios periódicos en papel, webs y emisoras de radio —todas ellas muy críticas con las subvenciones y que, en total, suman una audiencia de unos pocos miles de personas— han recibido dinero de campañas de publicidad como si fueran el New York Times o Tele5. Puede parecer un tema distinto pero, en realidad, se trata de lo mismo: coger el dinero público y ponerlo en manos privadas.

Lo que habría que preguntarse es por qué se hace. Y por qué siempre en las mismas manos. Por qué PP y PSOE se han pasado cuarenta años beneficiando a las mismas empresas y a los mismos empresarios. Lo que habría que preguntarse, en realidad, es qué han recibido a cambio. Y no hablo de sobornos, o no sólo. Es mucho más triste. A veces sólo reciben dinero en forma de donaciones. Dinero con el que ganan las elecciones. Elecciones que quieren ganar para después acabar beneficiando a quien les ha dado dinero: con unas obras, con una subvención, con una amnistía fiscal. O sea, el poder no como medio sino como fin. El político convertido en caballo de carreras.

Sólo así se explica que contra toda la población y hasta contra el sentido común, el país con más horas de sol de Europa sea el que más trabas pone al autoconsumo de energía eléctrica procedente de fuentes renovables. O que se salven radiales cuyas pérdidas deberían ser asumidas por las concesionarias. O que se acepte sin rechistar la deuda con las eléctricas basada en cálculos más que dudosos. O que se haga una amnistía que ha sido un coladero. O que… ponga usted aquí el caso que quiera.

Lo que parece evidente es que este país no mandamos ni usted ni yo. A no ser que usted tenga unos cuantos miles de euros en su cuenta corriente que destinar a financiar un partido político. Visto lo visto, es la mejor inversión para los ahorros. Te vas a Génova o a Ferraz y, asegurándote de que se quedan con tu cara y el nombre de tu negocio, les das la pasta a ellos. Seguro que al cabo de unos meses el dinero retorna en forma de concesión pública o de cargo a costa del estado.

Eso, o buscas un euro por ahí y te compras el Banco Popular.

Es verdad que todo esto suena muy cínico. Y muy catastrofista. Pero es que cansa mucho madrugar un domingo para dejar el voto en la urna mientras quienes de verdad mandan se quedan en su casa en pijama o viendo el fútbol. Y riéndose de nosotros.

Porque la democracia, como siempre, siguen siendo de ellos. De los que se la pueden pagar.

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