Reseña: Lluvia de agosto

Reseña: Lluvia de agosto

Decía Córtazar en el curso de literatura en Berkeley que el peligro de toda novela comprometida o política (pero vale igual para la novela histórica) es acabar contando algo que podría contarse mejor en un ensayo o en una crónica periodística.

En cierto modo, Cortázar hacía suyas las tesis clásicas contra la novela histórica de Manzoni, para quien este tipo de novela estaba destinado a fracasar porque se movía entre dos imposibilidades: ni podía ser puramente ficción, por manejar hechos que ocurrieron en la realidad, ni podía ser complemente Historia, porque entonces no sería narrativa de ficción.

Si tomamos ambas ideas como vara para medir “Lluvia de agosto” de Francisco Álvarez (Hoja de Lata, 2016), la obra que “ficciona” la vida de Durruti, podíamos decir que es una novela fracasada. Idea que en mi caso se agudiza por el hecho de que en tres o cuatro ocasiones he estado tentado de cerrar el libro y no volverlo a abrir más.

No quiero decir con eso que la novela sea aburrida. Al contrario, en cierto modo es entretenida. E incluso me atrevería a decir voluntariamente entretenida. Mi recelo proviene del hecho de que lo que cuenta Álvarez se podría haber contado mejor en un ensayo, en una biografía; y también de una creciente repulsa hacia las novelas que parecen pensadas para ser o parecerse a las series de televisión.

Lo intentaré decir de otra manera: lo que la ficción debe añadir a los hechos (históricos o no) es, por decirlo con una fórmula cursi pero clara, el conocimiento del alma de los personajes. En “Lluvia de agosto” recibimos muchos datos sobre la vida de Durruti, sobre sus andanzas, sus logros y sus fracasos, pero no acabamos de conocer a Durruti. El Durruti de Álvarez, a mí al menos, no me ha interesado. Es el Durruti de una biografía, pero recortado y sin referencias a las fuentes.

Por otro lado, la supuesta razón de ser de la obra, la investigación más o menos actual sobre la bala que mató a Durruti, no se desarrolla plenamente y ocupa un espacio mínimo del total de la obra.

Sospecho que, de algún modo, el autor ha sido vencido por la documentación. La vida del anarquista leonés es tan épica, está tan llena de acontecimientos espectaculares, que resulta muy difícil abrir en ella un hueco para la ficción. El problema está en que si no se abre ese hueco, aunque se añadan algunos trucos de narrador, el resultado es más una biografía plana, casi periodística, que una novela. Es decir, como novela, fracasa.

Conseguir narrar hechos históricos sin dejar la sensación de que un ensayo o una biografía lo hubieran hecho mejor, sólo se puede lograr a través de eso que, a falta de una palabra más precisa, llamamos estilo. Y es ahí donde a mi modo de ver Álvarez falla. No sé si a causa del lenguaje o a causa de la técnica elegida. O tal vez, simplemente, por no animarse a fabular, por no querer / poder meterse en la piel de Durruti.

Con todo, insisto en que habrá un tipo de lector, seguramente numeroso, capaz de disfrutar mucho de esta obra. Si lo comparamos con los grandes éxitos de la novela histórica de los últimos años, “Lluvia de agosto” no es peor y seguramente sea hasta mejor, aunque sólo sea porque en algunos breves momentos el autor consigue una prosa más creadora, más emocionante. Pero entre los lectores que se entusiasmarán con esta novela está claro que no estoy yo.

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